EL TERCER PRINCIPIO DE ELEUTERIO CIFUENTES
(GUARDA FORESTAL)
­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Víctor Manuel González y González de Linares
Forestal
Relato corto pero realista, obtenido de “El Rodal”, revista periódica, promovida y editada por alumnos de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Forestal de Madrid.


El Primer Principio de Eleuterio Cifuentes (guarda forestal) había sido perseguir y sancionar, persecución y sanción, así al unísono, tal cual le había indicado su padre, también Eleuterio Cifuentes y también guarda forestal por aquello de respectar las tradiciones. Su abuelo, igualmente Eleuterio y como no guarda forestal (aunque no lo escribía entre paréntesis, como hacían su padre y él) se lo había explicado mas de una vez en las escasas ocasiones en que dejaba de perseguir y sancionar y le llevaba junto al arroyo, siendo e muy niño aún: “yo me llamo Eleuterio como mi padre y como el tuyo, y soy guarda forestal como ellos”, le decía mientras se mojaba el índice en la punta de la lengua y hojeaba las matrices de las denuncias que había rellenado en la mañana de ese día. “Y tú te llamas Eleuterio como tu hijo cuando lo tengas, y serás guarda forestal al igual que él”, añadía. “ Es por respectar la tradición”, aclaraba de inmediato. Y Eleuterio niño asentía y se recostaba en la bandolera de cuero con medallón metálico lustroso y reluciente que el abuelo portaba día y noche con distinción en honor al cargo. Allí se leía “Guarda Forestal” en una dirección y “Saber es Hacer” en la otra, una leyenda nítida y clara, tan propia a la familia Cifuentes como el nombre del patriarca. El abuelo abrazaba al niño y presumía de que una vez el Ingeniero D. Severiano Motas ante una cuadrilla de operarios y capataces le había señalado con el dedo firme para resaltar que “en todos mis años en el Patrimonio no he visto el medallón de Eleuterio sucio una sola vez. Tomad ejemplo de limpieza y decoro” tras lo que Eleuterio abuelo, radiante, brazos en jarras sobre el matorral de retama que cubría el antiguo monte bajo a repoblar había sentido el orgullo de su valía y su profesión. Y es que, viniendo del Ingeniero Severiano Motas el halago era tan raro que justificaba degustarlo y disfrutarlo por años, no en balde aquel Ingeniero se había ganado el chascarrillo de “Motas, con dos pelotas” por su facilidad para enfrentarse a todo aquel que se encontrara en sus proximidades.
Aquellos si eran buenos tiempos, los del abuelo, que en todas las comidas familiares repetía lo mismo: “Nada hay como que el Ingeniero de Brigada te felicite en publico”, decía. “ y para ello uno debe hacer dos cosas: la primera, el Primer Principio, perseguir y sancionar; la segunda, el Segundo Principio, llevar lustroso y brillante el medallón la bandolera”. Elegía para la disertación el momento final, justo tras la fruta y antes del vaso de agua de litines que le servia la abuela como colofón pantagruélico. El abuelo se lo tomaba, se levantaba de la mesa, ponía sus atributos sexuales en su lugar con un certero empujón de los dedos centrales de la mano derecha y se colocaba el medallón y la bandolera antes de salir hacia el bar del tío Lucas. “Voy a comprobar que han colocado el anuncio de la subasta” decía él, aunque la abuela y todos los demás sabían que realmente iba a completar la comida con un solysombra y un palillo. Así cada día hasta que se jubilo.
El padre de Eleuterio nieto, es decir, Eleuterio Cifuentes padre (guarda forestal), había heredado del abuelo, o del padre si así se prefiere, nombre, profesión, bandolera, medallón y principios. Y también la afición al solysombra y al palillo después de comer, aunque para ser sinceros con este ultimo no era tan ducho como el abuelo. En vez de sostenerlo en la comisura de los labios hasta bien entrada la noche, solía aguantarlo solo hasta la primera denuncia de la sobremesa que en sus tiempos correspondía generalmente a algún pastor que aprovechaba la hora de la siesta para meter el ganado en los repoblados, o como se decía entonces, en los pinos sembrados. Ya no estaba en la Brigada el Ingeniero Don Severiano Motas con dos pelotas (Dios lo tenga en su gloria a poder ser junto a Eleuterio Cifuentes abuelo, guarda forestal, que siempre le admiro mucho. Su lugar lo había ocupado el Ingeniero Don Ignacio Seijas, prócer de atildado bigote y oronda figura, acostumbrado a la buena mesa y mejor sobremesa, descendiente de familia con titulo nobiliario de la zona en cuestión. Don Ignacio también acostumbraba felicitar a los Cifuentes, en este caso a Eleuterio padre, por su diligencia en la persecución y la sanción, perseguir y sancionar. “ El Patrimonio esta necesitado de hombres como Vd., Eleuterio”, gustaba decirle. “La existencia de la guardería es providencial” completaba D. Juan Oliveira, el Ayudante, con sumisa sonrisa que recogía el pronto asentimiento de su superior. Y Eleuterio padre continuaba orgulloso su labor, satisfecho con la felicitación recibida, libreta de matrices en mano presto a cumplir su misión y bandolera y medallón en ristre, hasta el día de su jubilación.
Cuando Eleuterio Cifuentes hijo o mas bien nieto, ocupo plaza vacante de guarda forestal en lugar de su padre, volvió a heredar el legado de su abuelo es decir nombre, profesión, bandolera, medallón y principios. No heredo en cambio al Ingeniero D. Ignacio Seijas, fallecido algo prematuramente tras penosa dolencia de gota, ni al Ayudante D. Juan Oliveira, trasladado al negociado de deslindes y amojonamientos por oscuros motivos quizá relacionados con su amistad con la mujer del Alcalde de Villamejuto (o eso decían las malas lenguas). Peor aun, no heredo ni siquiera al Patrimonio Forestal del Estado, digerido por su tradicional rival la Dirección General de Montes. Eleuterio al principio se sintió algo incomodo pero se rehizo pronto al verificar que podía seguir luciendo el medallón y la bandolera y que las nuevas matrices de denuncias se podían seguir rellenando a mano y con su clara letra mayúscula redondilla que tanto le ensalzaba el nuevo Ingeniero, Don Prístino Encomiendas. Era D. Prístino un gallego delgado y escaso de cuerpo, aficionado a la gomina y a las gafas oscuras que cubría su cara con un bigotito ralo muy acorde con los tiempos. No era de fácil trato, pero en honor a la verdad sabia hacer su trabajo bien e incluso le había dado ciertas referencias afectuosas en momentos clave, como aquella vez en que Eleuterio se había enfrentado a unos rematantes descontentos con su tendencia a subir la forcípula al medir las pilas en la liquidación final de madera. D. Prístino había acudido rotundo en su ayuda: “Siga así, Eleuterio. No deje que cuatro botarates le coman la autoridad”. Y Eleuterio no solo había seguido así, sino que en la siguiente medición de pilas había alzado insultantemente la forcípula obteniendo un numero de estéreos escandaloso incluso para un maderista trilero. Nadie dijo nada, en parte por miedo y en parte porque aun así el precio final del estéreo iba a ser negocio. Sin embargo, este hecho sirvió a Eleuterio para tener claro que la autoridad se basaba en ejercerla y que para ello debía añadir un tercer principio, el Tercer Principio, a los dos que había heredado de sus ancestros. Así lo apunto en su cuaderno de matrices: “Primer Principio, perseguir y sancionar; Segundo Principio, llevar lustrosos medallón y bandolera. Tercer Principio, contar con el apoyo del Ingeniero”.
Al Ingeniero Don Prístino Encomiendas le sucedieron otros, con un trasiego que llego a preocuparle. De hecho un día había llegado a sincerar su resquemor con D. Obdulio Latón, que antes era el ayudante de Don Prístino y ahora el Perito de los recién llegados, y que era muy querido por la guardería en general (en parte por sus conocimientos y en parte porque aliviaba sus flatulencias en el monte con naturalidad, lo que permitía a los guardas hacer lo mismo. Y eso, la verdad, favorecía la confianza. Don Obdulio había sido el encargado de informarle de que la Dirección de Montes pasaba a llamarse ICONA, cambio que el no entendió del todo pero que le dio pie a preguntar si tanto cambio de nombre y de Ingeniero de Brigada no iba a llevar a que él perdiera su trabajo, “ Tranquilo , Eleuterio. Que usted vea muchos Ingenieros por aquí es señal de que el trabajo se mantiene, no de que se pierde. Preocúpese el día que no los vea, dijo Don Obdulio, para añadir: Usted a lo suyo tranquilo, ya sabe, saber es hacer”.
“Saber es hacer, perseguir y sancionar, lustrar el medallón”. Como le gustaban aquellas antiguas indicaciones, recordaba Eleuterio años después, justo el día de otoño en que se dirigía a la capital de provincia para ir a conocer a otro nuevo Ingeniero del ICONA, o mejor dicho que la Junta que era como se llamaba ahora. Ya no se daban indicaciones claras y concisas como aquellas, fáciles de entender: “abrir hoyos, cincuenta por cincuenta, dos por dos y medio, chaspar y medir”. Entonces el suyo si era un trabajo como Dios manda. Pero desde la llegada del ICONA las cosas habían empezado a ir mal y los principios a tambalearse. Aun recordaba la mañana en que el Segundo Principio se había desmoronado. Fue cuando se cruzo con Amadeo Tambores, guarda mayor, aunque no era capaz de precisar si había sido un miércoles forestal en una pista de ceniza o un miércoles de ceniza en una pista forestal. La carretera si la recordaba: era la que llevaba de la casa del Sequero a Villamejuto, la que la Junta tenia ahora señalizada como “ de la red autonómica principal”. Y las palabras de Amadeo todavía las sentía nítidas en su corazón: “Toma Eleuterio, los nuevos uniformes. Ya puedes ir quitándote el medallón y la bandolera, que pasan a mejor vida”. Eleuterio lloro, no le importaba reconocerlo, el primer día que se tuvo que enfrentar a su labor diaria sin la protección de la bandolera y el medallón. Y aun fue peor meses después, cuando Benigno Procaz, el pastor más reincidente en meter el ganado en los repoblados a quien Eleuterio había perseguido y sancionado a lo largo de los últimos lustros con certeros resultados, le enseño con ostentación una de sus canciones mientras le espetaba: “me la ha quitado el Delegado, que me he hecho de su partido”. Eleuterio sabia que el Delegado era al antiguo Gobernador Civil lo que la Junta al antiguo Patrimonio, es decir, que era quien ejercía la Autoridad. Por eso no entendía que no la ejercería.
Ese mismo fue el infausto día en que por primera vez en décadas, un Cifuentes (guarda forestal) se había levantado de la mesa tras la fruta para dirigirse al bar del tío Lucas (ahora rebautizado Pub-cafetería Jonathan´s) sin recolocarse la entrepierna con los dedos centrales de la mano derecha. “Un hombre es un hombre siempre” había dicho Eleuterio al llegar al Pub- cafetería, “pero un guarda forestal sin posibilidad de perseguir y sancionar y sin medallón y bandolera no puede ni debe ir presumiendo de virilidad” había añadido mientras el solysombra le sabia amargo y el palillo se le enganchaba en el empaste de la muela.
Menos mal que tenia aun el Tercer Principio, el de la salvadora existencia del Ingeniero porque si no ahora no tendría nada a que agarrarse. En eso, le daba la razón a Don Obdulio. Habían seguido pasando Ingenieros y había llegado a admitir que era eso lo que garantizaba su trabajo y el de su hijo Eleuterio bisnieto (guarda forestal, es por la tradición). Incluso ahora acababa de tener de jefa a una Ingeniera, que no era tan mala como el se temía aunque ella se quejaba de que Eleuterio usaba el palillo para empujar el final del flan cuando comían juntos el menú del día en el Jonathan´s. “A fin de cuentas, una mujer Ingeniera no deja de ser un Ingeniero”, le había dicho Eleuterio a su hijo para tranquilizarle, “y ya sabes, mientras haya Ingeniero habrá trabajo. Saber es hacer”.
“Saber es hacer”, volvía a recordar camino de la capital. El día anterior le había llamado a casa Don Alberto Reinoso, el sucesor de Don Obdulio aunque más o menos, porque Don Obdulio decía que era Perito y Don Alberto había llegado siendo Ingeniero Técnico y ahora gustaba que le llamaran Ingeniero Forestal sin mas, sin lo de Técnico ni nada. Don Alberto le había pedido a Eleuterio que se llegara a la oficina de la capital al día siguiente porque le iba a presentar al nuevo responsable de la Tercera Brigada que ahora se llamaba Segunda Sección del Medio Natural y de la Vida Silvestre. Ya no iba a seguir a la Ingeniera, Doña Blanca, vaya por Dios, ahora que el había aprendido a empujar el flan contra el borde del plato prescindiendo del palillo. Esperaba que el nuevo Ingeniero tuviera en cuenta los esfuerzos de urbanidad que había realizado que a su edad ya no era tan sencillo.
Al llegar, Don Alberto le esperaba en compañía de un joven delgado y alto, vestido con jersey de montañero y raídos vaqueros, que lucia barba y anteojos de montura dorada. “Aquí tiene, Eleuterio, le presento a Don Jaime Dacruz, el nuevo responsable de la sección”. “Pues encantado, Señor Ingeniero”. El joven del jersey sonrió mientras negaba con la cabeza: “no, no me llame Ingeniero; soy biólogo”.
Eleuterio Cifuentes (guarda forestal) retrocedió hacia la pared, con el rostro desencajado, Don Alberto Reinoso el Ingeniero Forestal (ex-Técnico) que se aproximo a él para sujetarle fue el único que acertó a escuchar con nitidez los balbuceos que Eleuterio emitía, algo que parecía ser “No, por favor, el Tercer Principio no, el Tercer Principio no” pero no llego a desentrañar el significado de la sorprendente exclamaciónn